Segunda entrega de la serie «Santiago Ramón y Cajal y la Hipnosis»
1. Un consultorio desbordado
Cuando Cajal abrió su Gabinete de Estudios Psicológicos en Valencia, lo hizo con un propósito estrictamente investigador: observar de cerca los fenómenos de la sugestión hipnótica en pacientes con histerias, neurastenias y otros trastornos nerviosos. No tardó en descubrir que tenía entre manos algo más que un experimento de gabinete. Su casa, sede del Comité de Investigaciones Psicológicas, empezó a recibir a un goteo constante de enfermos que buscaban alivio, y que a menudo lo encontraban.
El propio Cajal, con su estilo directo y no exento de ironía, describió aquella avalancha de pacientes: por su casa desfilaron —en sus propias palabras— «especies notabilísimas de histéricas, neurasténicos, maníacos y hasta de acreditados médiums espiritistas». La noticia de las curaciones corrió de boca en boca y ante su domicilio llegaron a formarse colas. El caso más citado, el de la mujer que llegó incapaz de caminar por una parálisis de origen histérico y salió del Gabinete andando por su propio pie, no fue una anécdota aislada, sino la punta de un iceberg clínico mucho más amplio.
La demanda llegó a desbordar por completo su capacidad. Cajal, que compaginaba estos experimentos con su cátedra de Anatomía y con la investigación histológica que lo llevaría al Nobel, tuvo que cerrar la consulta simplemente porque no daba abasto. Es una circunstancia reveladora: no cerró por falta de resultados, sino por exceso de ellos.
2. Un catálogo de curaciones que asombra
Cuando años más tarde Cajal quiso resumir lo que había presenciado en aquel gabinete, elaboró un inventario clínico que, leído hoy, resulta asombroso viniendo de un hombre que se declaraba ajeno a cualquier tentación mística o esotérica. Habló de la transformación radical del estado emocional de los enfermos, de la restauración del apetito en histéricas que llevaban semanas sin comer, de la curación —por simple orden verbal— de diversas parálisis crónicas de naturaleza histérica, de la cesación brusca de ataques de histerismo con pérdida de conocimiento, del borrado de recuerdos traumáticos, de la abolición completa de los dolores del parto en mujeres sanas y, en último término, de la anestesia quirúrgica.
Se trata de un catálogo de resultados que cualquier terapeuta actual firmaría sin dudar. Y no lo escribió un charlatán de feria ni un divulgador entusiasta: lo escribió el histólogo más riguroso de su generación, ganador del Premio Nobel de Medicina, un hombre cuya obsesión por la evidencia y el detalle anatómico definió toda su carrera científica.
3. La confirmación posterior: la consulta de Madrid (1906)
Lo más interesante es que Cajal no se limitó a aquella etapa valenciana. Años después, ya instalado en Madrid y coincidiendo precisamente con el año en que la Academia sueca le concedía el Nobel, en 1906, abrió una consulta de Neuropatología y Psiquiatría. Con algunos de los pacientes que allí recibió volvió a ensayar las técnicas hipnóticas que había depurado en Valencia.
La consulta madrileña apenas duró diez meses y atendió a un número reducido de pacientes, según consta en los volúmenes conservados en la biblioteca Urioste-Ramón y Cajal, rotulados como «Consulta de Neuropatología del doctor Cajal». El dato, aparentemente menor, confirma dos cosas a la vez: que Cajal seguía interesado en la vertiente terapéutica de la hipnosis casi veinte años después de sus primeros experimentos, y que nunca llegó a convertir esa faceta en una actividad profesional estable. La ciencia básica, el microscopio y las neuronas, siempre acabaron ganando la partida a su tiempo.
4. La duda razonable: ¿por qué tan poca promoción?
Aquí surge la pregunta que da sentido a este artículo. Si los resultados fueron, en palabras del propio Cajal, tan trascendentes, ¿por qué nunca hizo de la hipnoterapia una bandera de su carrera? ¿Por qué el hombre que publicitó con orgullo cada avance histológico guardó un silencio tan llamativo sobre su faceta como hipnotizador clínico? Varias hipótesis, no excluyentes entre sí, permiten aproximarse a una respuesta razonable.
El riesgo reputacional. A finales del siglo XIX, la hipnosis arrastraba un estigma casi indeleble: la Iglesia católica y buena parte de la comunidad científica la asociaban al espiritismo, al charlatanismo de feria y a las prácticas de magnetizadores ambulantes. Para un anatomista que estaba construyendo, experimento a experimento, una reputación de rigor extremo, vincular su nombre públicamente a la hipnosis —por muy documentados que fueran sus resultados— suponía un riesgo que pudo no estar dispuesto a asumir a gran escala.
La elección estratégica de publicar en revistas menores. El experimento de la anestesia obstétrica, con resultados que hoy calificaríamos de pioneros a nivel mundial, no lo envió a una publicación internacional de referencia como The Lancet, sino a la modesta Gaceta Médica Catalana. La diferencia de repercusión fue radical: mientras experimentos similares publicados en revistas anglosajonas dieron la vuelta al mundo, el de Cajal pasó completamente desapercibido. Esa elección editorial, viniendo de alguien que sabía perfectamente cómo dar proyección internacional a sus hallazgos histológicos, resulta cuando menos llamativa.
El desencanto filosófico. Cajal dejó por escrito que el estudio de la hipnosis le produjo «desilusión y una decepción dolorosa», al comprobar que incluso la inteligencia más excelsa podía convertirse en instrumento pasivo de un sugestionador hábil. Es posible que ese descubrimiento, más que entusiasmarle, le inquietara: había topado con un mecanismo cerebral que ponía en cuestión el libre albedrío, y eso chocaba con su visión del ser humano racional. Promocionar la hipnosis habría significado, en cierto modo, difundir un arma de doble filo.
La jerarquía de prioridades de un genio con el tiempo contado. Cajal repetía que la hipnosis era, para él, una forma de relajarse de su verdadera vocación, comparable al ajedrez. Si eso era sincero, nunca la concibió como el centro de su legado, sino como una afición seria que practicó con maestría, pero que subordinó siempre a la neurohistología. El manuscrito inédito que preparaba sobre el hipnotismo, el espiritismo y la metapsíquica —y que se perdió durante la Guerra Civil antes de ver la imprenta— sugiere que sí tenía intención de dejar constancia formal de su trabajo, pero que la urgencia nunca llegó a materializarse en vida.
5. Conclusión: una grandeza que se ocultó a sí misma
La evidencia disponible dibuja a un Cajal hipnoterapeuta de una eficacia clínica notable, capaz de generar colas de pacientes con el boca a boca como único altavoz, y de repetir esos resultados casi dos décadas después en un contexto profesional distinto. Sin embargo, ese mismo hombre eligió sistemáticamente la discreción: publicaciones en revistas de escasa difusión, ausencia de un tratado terminado, ninguna reivindicación pública comparable a la que dedicó a defender la doctrina de la neurona. La duda razonable que plantea esta segunda entrega no es si Cajal fue un buen hipnotizador —los datos lo confirman con creces—, sino qué combinación de prudencia, escepticismo filosófico y estrategia profesional lo llevó a dejar esa faceta prácticamente inédita para la posteridad.
6. Fuentes y referencias documentales
Ramón y Cajal, S. (1889). Dolores del parto considerablemente atenuados por la sugestión hipnótica. Gaceta Médica Catalana, Vol. 12: 484-6.
Ramón y Cajal, S. (1923). Recuerdos de mi vida. Historia de mi labor científica. Madrid: Juan Pueyo Impr.
Ramón y Cajal Junquera, M.A. (2002). Santiago Ramón y Cajal y la hipnosis como anestesia. Rev. Esp. Patol. Vol. 35(4): 413-4.
López Muñoz, F., Rubio, G., Molina, J.D. y cols. (2007). Cajal y la psiquiatría biológica. Archivos de Psiquiatría 70(2): 83-114.
The Conversation / UCJC (2020). Cajal y la hipnosis: una visión desconocida del científico universal.
Sierra, X. (2016). Anecdotario secreto de Ramón y Cajal (III): Hipnosis y espiritismo. Un dermatólogo en el museo.
Alonso, J.R. (2014). Cajal, hipnotizador. Neurociencia con José Ramón Alonso.
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